
Libro de Belén.
Estaba en mi casa, tenía las luces apagadas y escuchaba Íncubus, no había nadie más a mí alrededor por lo que podía considerarme en total comodidad. Estaba estirada en el sofá del living sonriendo porque lo que me había pasado había sido todo un sueño, estaba feliz porque sabía que estaba en casa y porque me encantaba tener algo que abrazar mientras dormía. La almohada estaba calentita y aunque era muy flaca me daba la sensación de seguridad… alguien llamaba mi nombre pero no quería despertar y rogaba porque no prendieran la luz o algo así, la música cambió de pronto enviándome una canción de Dido y haciendo que sintiera ganas de volar.
-¡Belén! –oí que susurraban mi nombre de una manera bastante extraña. Arrugué el ceño y me moví un poco apretando el almohadón que a su vez gruñó.
Abrí los ojos de golpe y me encontré con una oscuridad casi asfixiante. ¿Dónde estaba? Supuse que solo me había quedado dormida luego de un tedioso día en la universidad o algo así, pero no encontré entre mis recuerdos más recientes algo referente a la universidad o algo parecido. Entonces apreté más mi almohadón y me di cuenta de que era demasiado duro para ser almohadón y más parecía brazo que otra cosa…
-¿Belén? –me preguntó una voz masculina que hizo que mi corazón saltara de pronto. Traté de enfocar en la oscuridad y lo único que vi fueron los parpadeantes botones rojos del equipo de música al fondo de la habitación. Me incorporé como pude pues el sofá en el que me había quedado luego de bailar un rato era muy pequeño y tenía entumecidas las piernas lo que me hacía difícil usarlas para apoyarme. Apreté mi almohadón más fuerte y sentí que la voz que me había hablado ahora gruñía. -¿Me devuelves mi brazo? –preguntó un poco adolorido.
-¡Oh! –dije soltando lo que yo creía era mi almohadón. –Lo-lo siento.
-No importa –me dijo Yunho sentándose en el borde del sofá haciendo que mis piernas quedaran prisioneras entra su espalda y el límite del sillón. -¿estabas durmiendo?
-No, como crees, estaba cerrando los ojos para ver cuantas personas me preguntaban si dormía.
-¿De nuevo con los impulsos? –me recordó. Me mordí el labio inferior y suspiré mirando hacia otro lado porque aunque en la oscuridad apenas lo veía mis ojos ya comenzaban a acostumbrarse a la falta de luz.
-Lo siento –me disculpé de nuevo. –Pero es que no sé para qué preguntas si estaba durmiendo si lo has visto con tus propios ojos.
-Pero estabas hablando –me dijo.
-Yo no hablo dormida, esa es Nyzia… con ella hasta puedes entablar una conversación, aunque luego no se acuerda y…
-Hablaste conmigo –me dijo interrumpiéndome. Yo apreté los labios por que había estado a punto de decirle unas cuantas cositas acerca de que de verdad no hablaba dormida y él debía ir a ver al loquero o cosas así, pero me quedé callada. –Me dijiste muchas cosas.
-No seas mentiroso –le dije bajito para que no notara que estaba comenzando a irritarme de veras. –Yo no hablo dormida y además no hablo en inglés cuando estoy con Morfeo.
-¿Con quien…?
-Olvídalo –le dije y traté de levantarme pero Yunho no se movió de donde estaba. Carraspeé pidiéndole que se moviera pero tampoco respondió a súplicas mudas.
-¿Quieres levantarte?
-¿Acaso no ves?
-Y vas a seguir… -me reprochó. Tragué mucho aire y lo mantuve dentro de mí contando hasta ocho.
-¿Por qué estás aquí tan temprano? –le pregunté luego de un rato. Yunho miró hacia el enorme espejo que estaba frente a nosotros y me sonrió a través de él.
-No es temprano, son las cuatro de la tarde.
-¿Tanto he dormido? –susurré para mí misma y entonces me levanté con tanta fuerza que empujé a Yunho hacia delante pero logré atraparlo por la mano antes de que tocara el piso. –Lo siento –le dije cuando se hubo sentado de nuevo mientras yo me arreglaba el pantalón.
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