
Salí hacia el exterior y me sentí de pronto muy pequeña al ver la ciudad de Tokio a nuestros pies. No me había dado cuenta en qué parte estábamos exactamente de la ciudad pero debía de ser una lugar en altura porque la ciudad se veía completa debajo de nosotros. El aire fresco de la noche secó mi cara pero la dejó pegajosa, iba a tener que limpiarla concienzudamente antes de acostarme porque de seguro que el aire de Tokio era tan tóxico como el de Santiago y podía arruinar mi cutis. Suspiré mientras miraba la ciudad como hipnotizada. La verdad es que no debí de pegarle a Paloma cuando caí sobre ella, tal vez le había golpeado en algún lugar cuando estuve encima y por eso me había quitado tan bruscamente. Sabía, además, que ella a todas le decía tonta y no tenía que tomármelo a personal –aunque ella a veces lo dijera en serio dada mi mala memoria para algunas cosas o mi inevitable don para inventar otras –por supuesto que debía enojarme con ella, pero para golpearla no había motivo. Cerré los ojos y sentí la brisa acariciando mi rostro y mis brazos desnudos. Las cosas estaban un poco locas; en casa de chicos famosos, con una hermana como Belén a la que había que tener controlada porque si la hacías rabiar un poco la pobre era capaz de gritar hasta la China… ups, ahora la China nos quedaba un poco cerca… eh… como fuera, además de todo a mi me gustaba uno de los chicos con los que vivía, esto era el colmo…
Me dio frío y volví a la habitación para buscar un chaleco cuando me llevé el susto de mi vida al ver una figura enorme en el umbral de la puerta. Me quedé inmóvil en el quicio entre la ventana y el balcón con el corazón en la boca.
-¡Me asustaste! –grité reconociendo a Max el cual entró rascándose la cabeza muy incómodo y cerró la puerta. –No prendas la luz… no quiero que me veas.
Estaba segura de que tenía todo el maquillaje corrido, el pelo desordenado y un gran cototo en la frente donde me había pegado. Max bajó el brazo con el que pensaba encender la luz y se quedó de pie sin moverse.
-No bajaste a comer –farfulló.
-Ah, sí, es que no tenía hambre.
-Pero yo te esperé.
-Había comido contigo, tampoco tenía tanta hambre.
-Sí, se me había olvidado.
-Mm –dije yo.
Lentamente cerré la ventana a mis espaldas y avancé un poco hasta sentarme en la cama sin dejar de abrazar el almohadón. Max se quedó de pie unos segundos y luego se acercó hasta donde estaba yo y se sentó en el borde de la cama del frente. No lo veía muy bien, pero el reflejo de la luna y las luces de todo Tokio alumbraban un poco la habitación dándole ese toque masculino que le había visto en varias ocasiones en lo videos o en conciertos.
-¿Estás bien? –preguntó luego de un rato en que no me había dado cuenta y me había quedado pegada en sus ojos.
-¿Eh? –dije volviendo a la realidad de golpe. –Eh, sí.
-¿Y te arreglaste con tu hermana?
-No.
-Ah, y… ¿te duele donde te pegaste?
-Más o menos…
-¿Y es verdad que no vas a la fiesta mañana?
-No quiero hablar de eso ahora, Max.
Noté que al nombrarlo como yo lo conocía sus facciones cambiaron y se puso más serio.
-Sólo estaba preocupado, nada más.
-Sí, lo sé –le dije mirando hacia el suelo. –Pero es que de verdad ahora no quiero hablar, estoy demasiado enojada.
-Me cerraste la puerta en la cara, yo debería estar enojado.
Levanté la vista y lo vi con las cejas levantadas en actitud de desprecio.
-No te hagas la víctima…
-Oye no me estoy haciendo la víctima –le espeté rápido. -¿Por qué mejor no te vas? –le pedí. Deseaba que se quedara, que me abrazara y me diera consuelo, pero no necesitaba que me tratara mal. No mientras yo me sentía deprimida aún.
-Es mi casa.
-Me lo estás echando en cara…
-Daniela –dijo con otro tono de voz que hizo que me sintiera una niña de cinco años apunto de recibir un sermón por parte de un superior. –No tienes que alejar a todos de ti sólo porque te sientas incomprendida a veces. Las cosas no se solucionan así. Tu hermana me dijo que te daba vergüenza que te viera luego de que pelearan frente a mí. ¿Es eso cierto?
No le respondí porque me dio rabia que Paloma fuera tan soplona. Lo que menos me gustaba era que hablaran de mí sin conocerme. Max bufó y se hizo hacia delante estirando una de sus manos hasta que tocó las mías que seguían apresando el almohadón muy fuerte.
-Las personas perfectas no existen –me dijo. –Y nunca van a existir, sólo Dios es perfecto y nadie se le puede igualar.
-Lo sé –musité.
-No sientas vergüenza de lo que vi. No te voy a negar que nunca te hubiera imaginado en esa pose de mala… aunque para mí fue divertido.
-¿Divertido? –pregunté sintiendo que estaba bromeando conmigo.
-Divertido no en ese sentido, lo que pasa es que los chicos cuando pelean entre ellos nunca se pegan, pero cuando Junsu me molesta yo no puedo aguantar las ganas de golpearlo. En definitiva el verte a ti sólo me recordó a mí mismo.
-¿Tú… yo? ¿Qué?
-Eso. No te preocupes, todos reaccionamos de una manera al sentirnos enojados…
-Pero yo…
-Qué, tú eres una mujer, ¿eso es?
-Bueno, -dije haciendo una mueca. Max sonrió y me pasó la otra mano por la cara haciendo que sintiera su piel caliente sobre mi rostro helado.
-A mi no me importa si para desahogarte tiras vidrios rotos por la casa o te ríes de manera estrepitosa o si pateas a todo el mundo. Porque ése es tu verdadero yo. Y yo quiero conocer a ese verdadero yo.
-¿De verdad eres el más pequeño del grupo? –pregunté asombrada de la madurez con la que me hablaba.
-Eso dicen el carnet, aunque a veces creo que el más pequeño de todos es Jae… demasiado infantil a veces… ¿puedes creer que me robó las donas que tenía guardadas bajo mi cama? Es un ladrón cualquiera…
Me reí y me sentí mucho más libre. De pronto pensé que Max era perfecto para mí porque era uno de las pocas personas que podía sacarme una risa cuando me invadía la oscuridad del enojo.
-Gracias –le dije ladeando la cabeza para sentir su mano mucho más cerca. –Gracias…
-De nada –respondió levantándose y sentándose a mi lado. Pasó su brazo alrededor de mis hombros y me atrajo hacia sí. –Pero qué pequeña eres –me dijo.
-No es mi culpa de que seas un mutante –le dije picada. Se suponía que entre las cuatro una de las más altas era yo. En otras palabras él era muy grande.
-Pero a ti te gusta este mutante –dijo apoyando su barbilla en mi cabeza mientras yo dejaba de abrazar el almohadón y lo rodeaba con los brazos.
-Y a ti te gusta esta pequeña.
-Nunca lo he negado –dijo.
Levanté la cara rápidamente para decirle que yo tampoco lo había hecho pero no me dejó puesto que estampó sus labios sobre los míos dejando que mis palabras desaparecieran de pronto y que a cambio una sensación de felicidad me recorriera entera.
Feliz… en lo único que podía pensar era en esa palabra y en lo feliz que me sentía de estar con Max así. Juntos. Solos. Libre.
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